El otro como espejo de mí, I

A través de la relación con el otro uno adquiere la noción de su propio comportamiento, entre otras cosas.

Los valores sociales son relativos, y uno no puede construir una moral coherente si no es capaz de verse desde fuera. Muchos antropólogos, en sus trabajos de campo, han olvidado dejarse su cultura en casa, trabajo más duro quizá que el de convivir con gentes extrañas en condiciones desacostumbradas.

El libro que cito y recomiendo es una muestra de cómo se puede hacer esta observación sin una afectada pretensión de ecuanimidad santurrona, romántica o prepotente, sino con un humor y una agudeza que potencien el resultado de un trabajo honesto y bien estructurado. Es un texto didáctico, accesible, y yo desde luego me he partido de risa leyéndolo.

La especialidad del restaurante típico de Camerún es “lo tomas o lo dejas”. Nigel Barley, según cuenta, lo tomó. Y luego lo dejó. Le pusieron un pie de vaca tal cual en un cuenco con agua caliente.
Cómo aprender desde una profana posición muchas cosas sobre la antropología social, casi sin darte cuenta. Cómo los de la aldea que te acoge te lavan el cuenco para la cerveza de mijo -porque saben que eres tiquismiquis para la higiene, todo un detalle- mediante el método de dejar que lo lama un perro, y otras divertidas aventuras del trabajo de campo antropológico, en este recomendable librico.

El país DowayoEn el país Dowayo el cómputo del tiempo es una pesadilla para cualquiera que pretenda establecer un plan que abarque más allá de diez minutos en el futuro. El tiempo se mide en años, meses y días. Los más ancianos sólo tienen una vaga noción de lo que es una semana; parece que ese concepto se considera un préstamo cultural, igual que los nombres de los meses. Los viejos cuentan en días a partir del presente. Existe una complicada terminología que designa puntos determinados del pasado y el futuro como, por ejemplo, «el día anterior al día anterior a ayer».
Mediante este procedimiento, es virtualmente imposible fijar con preclslon el día en que va a ocurrir una cosa. A esto se añade el hecho de que los dowayos son muy independientes y se molestan si alguien intenta organizarlos. Hacen las cosas cuando les viene en gana. Tardé mucho en acostumbrarme a ello; no me gustaba aprovechar mal el tiempo, me contrariaba perderlo y esperaba obtener una compensación por el que invertía. dowayocamerunEstaba convencido de que tenía el récord mundial de oír la frase «No es el momento oportuno para eso», pues era lo que contestaban los dowayos cada vez que trataba de obligarlos a enseñarme una cosa concreta en un momento concreto. Nunca quedaban en encontrarse a una hora o en un lugar determinados. La gente se extrañaba de que me sintiera ofendido cuando aparecían un día o una semana más tarde, o cuando recorría quince kilómetros para descubrir que no estaban en casa. Sencillamente, el tiempo no podía ser distribuido.Otras cosas de naturaleza más material entraban dentro de la misma categoría. El tabaco, por ejemplo, no admitía una separación cIara entre lo mío y lo tuyo. Al principio me desconcertó que mi ayudante cogiera mi tabaco sin un formulario «con permiso» siquiera, mientras que no se le hubiera ocurrido jamás tocar mi agua. El tabaco, como el tiempo, es un área en que el grado de flexibilidad permitido por la cultura se halla muy lejos del nuestro. No es permisible negarse a compartir el tabaco; los amigos tienen derecho a registrarte los bolsillos y coger lo que encuentren. Cuando pagaba a mis informantes con un paquete, se lo escondían rápidamente pasando por alto todas las normas del recato y salían corriendo hacia casa, preocupadísimos por no encontrarse a nadie camino del lugar donde pretendían ocultarlo definitivamente.

(…)

Las «explicaciones» de los dowayos llevan siempre aparejados numerosos problemas. En primer lugar, suelen pasar por alto el detalle esencial que da sentido a toda la explicación. Algunas cosas son demasiado evidentes para explicarlas. Si nosotros enseñáramos a un dowayo a conducir un coche, le hablaríamos de las marchas y de las señales de tráfico antes de indicarle que había de intentar no chocar con otros vehículos.
Por otra parte, sus aclaraciones solían terminar siempre en un círculo que llegué a conocer muy bien.el-antropologo-inocente-notas-desde-una-choza-de-barro
-¿ Por qué hacéis esto? -preguntaba yo.
-Porque es bueno.
-¿Por qué es bueno?
-Porque nuestros antepasados nos lo dijeron.
Entonces insistía astutamente:
-¿Por qué os lo dijeron vuestros antepasados?
-Porque es bueno.
No pude jamás sacarlos de los «antepasados», con los cuales empezaban y terminaban todas las explicaciones.

Al principio me desconcertaba su inflexibilidad en las catalogaciones.
-¿Quién ha organizado este festival?
-El hombre de las púas de puercoespín en el pelo.
-Yo no veo a nadie con púas de puercoespín en el pelo.
-No. Es que no las lleva.
Los dowayos siempre dicen las cosas como deberían ser, nunca como son.

“El antropólogo inocente”, de Nigel Barley

(Anagrama, 1989)