Ultraespiritualidad pendeja

cadena okComo sé que a muchos de mis amigos -¡e incluso lectores!- no les gusta demasiado leer (qué le vamos a hacer), os traigo algo más divertido y ligero que refleja bastante bien buena parte del espíritu de MagiaNormal y del retiro que haremos en julio.

Son un par de vídeos breves que ayudan a dejar en claro algunos aspectos de la “nueva espiritualidad”, o al menos plantean desde el humor cierta reflexión que puede ser todo lo profunda que queráis.

Uno es de J.P. Sears, a quien parece ser que como a mí le interesa el desarrollo personal pero no entendido de cualquier manera. Tiene en youtube su canal propio con otros vídeos (no subtitulados), algunos igual de divertidos y con los que puedo estar de acuerdo, otros quizá no tanto, pero en cualquier caso este es buenísimo y es digno de conocer.

Y el otro del escritor, actor y director mexicano, Odín Dupeyron (aunque en el vídeo ponga David) que quizá hayas visto ya porque ha dado muchas vueltas, pero que… en fin, se explica solo. No os cortéis, decidme qué os parecen.

Personas y personajes

“Muchos hombres cometen el error de sustituir el conocimiento por la afirmación de que es verdad lo que ellos desean”

Bertrand Russell

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Cada vez me pasa menos -uno va adquiriendo cierto tacto-, pero a veces alguien sehypocrite levanta y se va, o no vuelve más, herido por un comentario que a cualquier otro humano le resultaría inocuo. Por lo que a menudo suelo avisar previamente. Me preguntan: ¿Y por qué insistes siempre en que no respetas nuestros personajes?

Fiel a la línea veraniega, aviso desde ya que sé que doy demasiadas cosas por supuestas y que escribo desordenadamente pasando de cualquier manera sobre temas que dan para mucho más.

Dicho esto, insisto: No seré yo quien alimente la cómoda imagen que cada uno se hace, o le siga el juego más de lo necesario. En especial la autoimagen de quienes vienen diciendo buscar apoyo para un trabajo personal honesto y sobre todo la de los que me recitan frases sobre el ego que leyeron en complacientes best-sellers de “autoayuda“. Puede sonar agresivo, pero no lo es realmente; es un juego, con reglas equitativas, y no va de ganar:

Joshu y un novicio practicaban un juego dialéctico. El objetivo era no quedar por encima. Acordaron que el “ganador” compraría un pastel de arroz.

Joshu dijo: “Soy un burro”
Bunon dijo: “Soy el culo del burro”
Joshu dijo: “Soy la mierda del burro”
Bunon dijo: “Soy el gusano de la mierda”
Joshu dijo: “¿Y qué haces ahí?
Bunon dijo: “Veraneando”
Joshu dijo: “Vale, ve a comprar el pastel de arroz”

(Esta y más cosas del “House” de los maestros Zen, aquí)

 

Me daría una pereza horrible tener que llamar a algunos de tú y a otros de usted y recordar a quién. Entiendo la necesidad de una integración identitaria, de un proceso de individuación sano que nos provea de una referencia para movernos en sociedad, siendo esta un “zoo humano“, como dice Desmond Morris. Concretar las posibles pautas comunes, instintivas, básicas, es otro cantar, un interés más general de nuestro proyecto que no resolveremos hoy, pero de lo que no hay duda es de que aquéllos roles pueden diferir enormemente de una a otra cultura. Son artificiales, culturales, intercambiables y en ocasiones incluso completamente prescindibles. Aunque sí creo en ese ego integrado como una herramienta más, una faceta de nuestra mente, ajustable desde fuera por uno mismo -opción preferible a la pasividad que permite que otros lo hagan en interés de sus propios egos desbocados.

Todo esto no significa perder las formas de cualquier manera, ni el respeto por los estados en que se encuentra la gente. No procede llamar tiquismiquis a un intolerante a la lactosa por no aceptar un café con leche, ni reírse de un ataque de ansiedad, por ejemplo. Y si alguien viene por el pasillo con una cacerola humeante diciendo bien alto “¡voy quemando!”, conviene apartarse sin mucho debate.

Pero las reglas del juego son exigibles a quien dice estar en el juego. Si aun así alguien siente herido su “amor propio”, todos deberíamos alegrarnos porque ese precisamente es un objetivo interesante del juego. Cuando limpiamos ventanas, miramos en busca de manchas. A nadie se le ocurre cerrar los ojos mientras restriega con un trapo de cualquier manera y se dice a sí mismo “esto está impecable, debe estarlo porque yo decido creerlo así y yo creo mi realidad…”

La contradicción entre, por un lado, la intuición de que algo falla y, por otro, nuestro carácter gregario e inercial es una de las cosas que nos hacen sufrir. Una faceta del conflicto interno que cargamos. Pero todos actuamos como agentes del sistema, que puede funcionar por sí mismo con sólo inculcar ciertas premisas básicas (como por ejemplo el dinero como fin). Por lo que esa intuición no basta, como vemos constantemente. Al ser borrosa es fácil de falsificar y es susceptible de ser reciclada en favor del propio sistema de consumo (ver capítulo 2 de “black mirror”). Está muy de moda la sugerencia newager de dejarse llevar por la apetencia, una especie de hijo bastardo mutante de la idea taoísta de flujo. Puede apetecerme fumar o no ponerme el casco y en ambos casos la cabeza puede tener algo importante que decir.

Tras una visión clara y directa (mediante estudio, meditación o shock, es igual) ya no puede uno volverse atrás sin reconocerse como  un traidor. Por suerte, para eso también hay productos milagro… La mente tiene soberbios mecanismos de defensa otorgados por nuestra evolución en un entorno directo muy diferente a un zoo-ciudad. Nuestra psique no permite que uno se reconozca como nada que tenga por “malo”, y rápidamente busca a quien pueda cargar con la etiqueta. De modo que hace trampas, justifica sus actos, y nos separa de las personas (al convertirlas en “extras de mi película”, y obviando que ellos también tienen su propia película), usando un juego de valores opuestos. Y hay escuelas que tienen esto muy pulido. Por eso se medita dejando eso en paz, ya no hay bueno que respetar ni malo que justificar, y así uno puede ser honesto y enfrentar los propios asuntos.

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Esa dualidad es por definición una convención estructural con muchas implicaciones. La separación de uno con el entorno (“no dos”, yoga, tao) desde Platón, incluso desde Abraham en adelante, hace necesario el analgésico que se nos ofrece en forma de roles de pertenencia. Uno es hijo y padre, vecino, español, moreno, licenciado… pero identificarse con eso es un error siempre que uno no sea capaz de expresar algo más, algo propio, convirtiendo ya no su oficio sino la ocupación de su lugar en el mundo en un arte (en el que por fin no sobraría ni faltaría nada, y “no se generaría karma”).

Cuando uno empieza a dar clase, pronto tiene una primera oportunidad de reconocer que también se es siempre alumno y otras mil cosas. Que es igual de vulnerable e incompleto que el resto. Que los profesores mediocres y acomodados que podemos haber conocido en nuestro periplo particular no planearon llegar a ser así y lo mismo puede pasarnos a nosotros o estar pasando en este momento. Si todo tu entorno te da la razón, debes preocuparte. Aunque desde luego esto no justifica a los autoproclamados “galileos perseguidos”, que paradójicamente suelen estar en el lado de los que condenan galileos.

“Si quieres saber todas las lenguas, háblalas entre los que no las entienden”

Fco. de Quevedo

No puedo identificarme como “profesor” sólo porque enseñe: no lo soy todo el tiempo, ni de todas las materias, ni de todas las personas. De modo que, en las clases, jugamos a ello, y el respeto social no es mas que el respeto por esas normas de juego. Pero he de avisar, y por eso lo hago, de que me niego a tomar esas leyes como universales, por lo que en mi trato contigo como humano, respetaré al humano que veo, pero no a tu personaje, más allá de la cortesía necesaria que implica el querer realmente comunicarse por encima de las formas.

¿Es lícito negar a otros la posibilidad de cometer errores, cuando es así como aprendimos nosotros?

¿Es lícito negar a otros la posibilidad de cometer errores, cuando es así como aprendimos nosotros?

El ejercicio como realización humana

Es lícito preguntarse siempre por qué hacemos lo que hacemos. El ejercicio no es cosa de moda aunque hoy por hoy sea un producto más de consumo. Siempre ha estado ahí y lo llevamos con nosotros.

Sencillamente, hemos evolucionado adaptándonos a un medio desde nuestra condición animal. El entorno urbano es demasiado reciente como para que no nos resulte extraño movernos entre sus limitaciones.niños jugando

Cuando hablamos de “realización” no nos referimos a otra cosa que a la práctica activa de la propia naturaleza, y esta incluye un movimiento mucho más abierto y amplio que el de las máquinas de un gimnasio, aparatos que se inventaron para rehabilitar personas enfermas.

Y los que no creemos en una separación real de mente y cuerpo contamos con que siempre será más completo un ejercicio que incluya la oportuna atención e implicación con el entorno. Para mí tiene más sentido correr para llegar a la cima de un monte, que hacerlo en círculos contando vueltas y calorías, o en una cinta con los auriculares puestos.

Este vídeo, minidocumental de una serie que la BBC encargó a David Attenborough para rellenar huecos de programación, lo expresa mejor que yo. Este se supone que es el primer sistema utilizado por los primeros grupos de cazadores humanos en las praderas africanas de hace muchos milenios, y así lo siguen haciendo hoy. Propongo ponerse en el lugar de este digno hombre de las arenas del Kalahari, como él se pone en el lugar de la presa a la que honra al reconocerla respetuosamente como parte necesaria de sí mismo y no como objeto, y al reconocerse como parte del mismo cosmos en que ambos viven y luchan por su vida.

(Texto de la locución en español, en los comentarios)

A todos esos humanos, así como a todos los bichos que han evolucionado corriendo como forma de existencia, les debemos al menos una buena carrerica de vez en cuando.